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Hace dos boletines, mencioné brevemente El cuento del cortador de bambú, una historia japonesa muy antigua que me dejó pensando en la figura del padre.
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Hoy, que en España celebramos el Día del Padre en marzo y en Japón lo hacen en el tercer domingo de junio, me pareció un buen momento para volver a aquella historia y mirar la paternidad desde otro ángulo.
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En El cuento del cortador de bambú, un anciano encuentra a una niña diminuta dentro de un tallo brillante. No es su hija, no comparten sangre ni historia, pero él la acoge sin dudar, como si el destino le hubiera puesto en las manos una luz que debía cuidar.
Esa niña, conocida como la princesa Kaguya, crece bajo la protección silenciosa del anciano y su esposa. Él no habla mucho, no explica sus emociones, pero cada gesto suyo -trabajar más, preocuparse, intentar protegerla incluso de lo imposible- revela un amor profundo y discreto.
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Esa forma de querer refleja una imagen de la paternidad que aparece con
frecuencia en la cultura japonesa. En España solemos expresar el cariño con palabras, abrazos y una cercanía visible en la vida cotidiana.
En Japón, en cambio, el afecto del padre muchas veces se muestra en silencio: en la responsabilidad, en la presencia, en el esfuerzo diario. No es un amor frío, sino un amor que se dice con la espalda, no con la voz.
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Cuando Kaguya debe regresar a la Luna, el anciano intenta detener lo inevitable.
Reúne soldados, se enfrenta a mensajeros celestiales, pero al final solo
puede llorar mientras la ve partir.
Esa escena, escrita hace más de mil años, sigue conmoviendo porque habla
de algo que no pertenece a ninguna época: el dolor de quien ama y debe
dejar partir.
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Pensé en esto al recordar que en España celebramos el Día del Padre cuando la primavera apenas empieza, mientras que en Japón llega en pleno junio, con el aire húmedo y las primeras hortensias. Dos estaciones distintas, dos culturas distintas, pero un mismo gesto: dedicar un día a la figura que, con palabras o sin ellas, nos ha acompañado en el camino.
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Quizá por eso me gusta volver a la historia del anciano del bambú.
Nos recuerda que ser padre no siempre significa explicar, sino estar.
No siempre significa hablar, sino sostener.
Y que, al final, todos -en España, en Japón, en cualquier lugar- llevamos dentro alguna luz que alguien cuidó por nosotros.
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Ya pasó el Día del Padre en España, pero la primavera sigue avanzando, y con ella vuelven ciertos recuerdos. Quizá, en medio de esta luz cambiante de la primavera, podamos encontrar un momento para agradecer aquella pequeña luz que alguien cuidó por nosotros cuando todavía no podíamos hacerlo solos. |
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