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Cuando llega el verano, me convierto en un viajero de las sombras, avanzando de una a otra como si estuviera jugando a un discreto juego
de sigilo. |
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| Cruzar un tramo bajo el sol exige concentración: respiro hondo, me digo que serán solo unos segundos y avanzo. Pero si aparece una calle sin un solo refugio oscuro, la decisión es inmediata: retirada elegante. |
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En el verano español, la sombra no es un capricho. Es territorio seguro. A veces, casi un derecho.
Antes de salir, solo hay un gesto imprescindible: coger una botella de agua. Sé que en media hora estará tibia, pero su función real es otra: dar tranquilidad, como un pequeño amuleto contra el calor. |
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| Cuando la temperatura empieza a bajar, ocurre algo curioso. De repente, la gente vuelve a las calles al mismo tiempo, como si la ciudad hubiera dicho "ya podéis". Las terrazas se llenan, las plazas recuperan su ritmo y empieza la segunda ronda del verano. |
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| A las nueve de la noche aún queda luz, pero el calor agresivo ya es un recuerdo. La brisa vuelve a comportarse, las mesas al aire libre se ocupan y, con una bebida fría, uno piensa que quizá el verano tampoco es tan terrible. |
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Mientras tanto, en Japón la batalla es distinta.
Allí no manda el sol, sino la humedad, esa compañera pegajosa que no entiende
de distancias personales. El verano japonés es más bien una sauna gratuita de la que, por alguna
razón, nadie parece tener la llave de salida. La camisa se pega a la espalda, las gafas se empañan y, cuando por fin
llegas a tu destino, tienes la extraña sensación de haber completado una
pequeña prueba de resistencia. |
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| Pero esa humedad no es solo una molestia estacional. Es una presencia antigua que, sin hacer ruido, ha influido en la manera japonesa de sentir el verano y de convivir con él. |
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| Ha moldeado casas abiertas al viento, costumbres que buscan la frescura y una sensibilidad que presta atención a lo más pequeño. Esa incomodidad persistente se volvió, con el tiempo, una parte silenciosa de la cultura. |
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| Cada país tiene su estrategia: en España se busca sombra; en Japón, se aprende a convivir con la humedad. Dos veranos distintos, dos maneras de aceptar lo inevitable. |
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| Y al final del día, después de tantas sombras en España y tanta humedad en Japón, queda la misma sensación: que seguimos avanzando, a nuestro ritmo, entre refugios pequeños y batallas cotidianas. El verano cambia según el país, pero la vida, esa mezcla de resistencia y ternura, es siempre la misma. |
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