26.8: El verano de los que regresan

El verano de los que regresan
Pedro Cuando comienza agosto, el aire de Japón parece cambiar. El canto de las cigarras llena las mañanas, las grandes nubes de verano dominan el cielo y el sol se despide lentamente al final del día. En ese ambiente, miles de personas emprenden el camino de regreso a su lugar de origen.
A muchos españoles, este gran movimiento de viajeros recuerda inevitablemente a las salidas de Semana Santa. Las carreteras se llenan, las estaciones rebosan de gente y muchas familias vuelven al pueblo para reunirse. Sin embargo, en Japón ese viaje encierra un significado aún más profundo. No solo regresan los vivos: según la tradición, también lo hacen quienes ya no están.
Ese es el sentido del Obon, una de las celebraciones más importantes del verano japonés. Visto desde España, puede parecer una idea poética o incluso simbólica, pero en Japón esa manera de entender la relación con los difuntos sigue formando parte de la vida cotidiana. No se percibe a los difuntos como personas que hayan desaparecido para siempre, sino como una presencia que continúa acompañando discretamente el día a día.
Por eso, antes de su llegada, las familias preparan la casa con un cuidado especial. En la entrada se enciende una pequeña hoguera, el mukaebi, cuya luz sirve para indicar el camino de regreso.
En el interior se coloca un pequeño altar con frutas de temporada y los platos preferidos de los seres queridos fallecidos. Al caer la noche, los farolillos iluminan suavemente la casa, como si la luz pudiera acoger también aquello que no podemos ver.
Resulta inevitable pensar entonces en nuestro Día de Todos los Santos. Nosotros solemos acudir al cementerio, llevar flores y recordar en silencio a quienes se fueron. En Japón, en cambio, el gesto es diferente: no se va a visitar a los difuntos, sino que se les recibe en casa. En ambos casos el sentimiento es el mismo: el deseo de mantener vivo el vínculo con las personas queridas, pero la forma de expresarlo revela dos maneras distintas de convivir con la memoria.
Quizá sea eso lo que más me impresiona del Obon. Sus pequeños rituales : encender una luz, dar la bienvenida, despedirse unos días después, no parecen centrarse tanto en la pérdida como en el tiempo compartido. Más que despedirse de quienes faltan, permiten volver a sentir que siguen formando parte de la familia.
En pleno verano japonés, cuando el calor parece detener el tiempo, el Obon nos recuerda algo muy humano: que vivimos no solo de lo que tenemos delante, sino también de los recuerdos que seguimos llevando con nosotros. Y quizá también que recordar, a veces, es otra manera de volver a encontrarse.

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